
Enzensberger dijo en cierta ocasión que todos los paranoicos tienen, en última instancia, algo de razón. El exiguo rechazo (53,4%) con el que los irlandeses han dicho
no al Tratado de Lisboa ha agitado nuevamente el avispero del proceso de integración política europea, malherido desde los referéndums de Francia y los Países Bajos en 2005. Pero, ¿significa el triunfo definitivo del federalismo europeo frente a las tesis funcionalistas? ¿Debemos abandonar o, al menos, aparcar el sueño de una Europa unida más allá de sus aranceles? ¿Caen en saco roto los dos años de negociaciones invertidos en la redacción del Tratado de Lisboa? Ni mucho menos.
Los irlandeses, que ya rechazaron en 2001 el Tratado de Niza para ratificarlo un año después, han votado en esta ocasión más motivados por la crisis económica global y por su crisis política local que por la construcción política europea. En su voto han pesado más el paro, la inflación y la corrupción que las instituciones comunitarias. Su voto ha sido un voto contra el establishment del Fianna Fáil y sus escándalos, no contra Europa: el Premier Irlandés, el conservador Bertie Ahern, dimitió hace apenas dos meses por un escándalo de corrupción urbanística. Y ha sido su sucesor al frente del Gobierno y del Partido Conservador, Brian Cowen, quien ha abanderado el sí en el referéndum y se ha llevado la primera en la frente. A él y a su Gobierno corresponde ahora proponer una salida para la crisis durante el Consejo Europeo convocado para los próximos 19 y 20 de junio.
Irlanda ha votado contra los maximalismos de Dubín, y quizá en menor medida contra los mínimos de Lisboa. Y aunque todos los partidos políticos con representación en el Dail, con la única excepción del Sinn Féin, han hecho campaña por el sí, parece obvio que los esfuerzos por explicar el contenido formal del Tratado se han visto eclipsados por las grandes cuestiones de la agenda política nacional. Cuestiones como la fiscalidad, tan sensible en Irlanda, no han sido suficientemente argumentadas por los defensores del sí.
Sin duda, el no irlandés es una mala notica para Europa. Pero el proceso de ratificación debe continuar, al igual que la política europea. La Cumbre de Urgencia convocada para el jueves no debe encallarnos en un debate endogámico que la gente está cansada de escuchar. Los esfuerzos del Gobierno de España por incluir en la agenda de la reunión los asuntos del precio del petróleo y del cambio climático son, en ese sentido, una buena noticia.









